
El pasado
El cine asiático está pasando por un gran momento. Directores arriesgados cautivan a occidente con filmes muy personales. Dentro de ese grupo, Wong Kar Wai, para muchos uno de los mejores directores de la actualidad, ha sabido constituirse en toda una leyenda del celuloide
Hay una mujer que se va y que se visita más tarde cuando es un territorio privado más que una persona. En las películas de Wong Kar Wai, en el universo de este director hongkonés de 47 años, los hombres están solos y son voyeristas de sus pasados. Y en sus pasados, siempre está esa mujer que se ha ido. Y en sus pasados, esa mujer que se ha ido y no volverá nunca más, es la forma concreta de una vida que no se pudo vivir (o que se vivió por muy poco tiempo, en contra del reloj), y que vuelve siempre como imágenes de lo perdido. Dulces, insoportablemente dulces imágenes de lo perdido. Y los pasados de todos esos personajes (o el pasado que Wong le da a Tony Leung, su actor fetiche) son películas memorables que sitúan al chino en la primera fila de los cineastas contemporáneos. O en la primera línea de los artistas a secas.
GEOGRAFÍAS PERSONALES
De un tiempo a esta parte, las miradas se han volcado a lo que acontece en el cine asiático. La euforia no es gratuita. Directores con visiones muy personales y arriesgadas empezaron a bombardear a occidente con películas que hablan desde una intimidad difícil y universal. Está, por ejemplo, el minimalismo exento de sentimentalismo del taiwanés Tsai Ming Lian, clínico a la hora de revelar la cotidianidad de vidas solas, películas que funcionan casi sin diálogos, sin música y que son postales hiperrealistas del absurdo. Está la violencia, el lirismo y el humor negro que alcanza niveles hipnóticos, del japonés Takeshi Kitano, protagonista de todas sus películas, 'clown' que comenzó como humorista en la televisión japonesa y que terminó siendo el autor de más de una obra maestra. Está, indiscutiblemente, el boom del cine coreano, con Park Chan-wook y Kim Ki Duk como las dos voces más sonadas. El primero, con Old boy, fábula hiperbólica de la venganza y posible adaptación contemporánea de El conde de Montecristo. El segundo, arrasando en los premios de distintos festivales con filmes inclasificables y algo surrealistas, perfectos censores de los temblores privados de la vida moderna. Sin embargo, Wong Kar Wai se constituye en el gran fenómeno, en ese punto omega que marca la diferencia. Sus películas, deudoras del cine europeo, especialmente de Antonioni, Godard y del Fellini de La dolce vita, son secuencias con una textura exquisita (su director de fotografía, el australiano Christopher Doyle, tiene mucho que ver), rodadas sin guiones, con un empleo inigualable de la música popular (Nat King Cole, Piazzolla, The Tourtles, Caetano Veloso, Frank Zappa) y que siempre se inmiscuyen en las vidas de hombres solos a los que han dejado o que nunca pudieron quedarse mucho tiempo con una persona que al final, más pronto o más tarde, desaparece. Ya sea coqueteando con el cine noir, en Fallen Angels (1996); con las artes marciales, en Ashes of time (1994); con el road movie, en Happy Together (1997); o con la ciencia ficción, en 2046 (2004), el tema siempre es el mismo: la poética del abandono, la reconstrucción utópica del pasado, la obsesión por el tiempo perdido. Eso, Wong Kar Wai como un Marcel Proust del celuloide.
MIRAR LO QUE NO ESTÁ
"En nuestra vida normal estamos atrapados por el tiempo, que gobierna nuestra existencia. La vida real no da posibilidad de rebobinar. No sabes si vas a estar en el momento adecuado con la persona equivocada, o al revés, y todos sentimos curiosidad por saber qué hubiese pasado si en lugar de ir a un sitio, hubiéramos ido a otro. Como director, sin embargo, puedo manejar el tiempo a mi antojo, puedo hacer que diez años pasen en un segundo o que un instante resulte eterno", dijo en una entrevista después del estreno de 2046.Fiel a estos juegos con el tiempo, en 18 años de carrera, dirigió ocho películas y dos cortos, uno de los cuales pertenece a la trilogía erótica en la que participó su admirado Michelangelo Antonioni, además de Steven Soderbergh.
El cine asiático está pasando por un gran momento. Directores arriesgados cautivan a occidente con filmes muy personales. Dentro de ese grupo, Wong Kar Wai, para muchos uno de los mejores directores de la actualidad, ha sabido constituirse en toda una leyenda del celuloide
Hay una mujer que se va y que se visita más tarde cuando es un territorio privado más que una persona. En las películas de Wong Kar Wai, en el universo de este director hongkonés de 47 años, los hombres están solos y son voyeristas de sus pasados. Y en sus pasados, siempre está esa mujer que se ha ido. Y en sus pasados, esa mujer que se ha ido y no volverá nunca más, es la forma concreta de una vida que no se pudo vivir (o que se vivió por muy poco tiempo, en contra del reloj), y que vuelve siempre como imágenes de lo perdido. Dulces, insoportablemente dulces imágenes de lo perdido. Y los pasados de todos esos personajes (o el pasado que Wong le da a Tony Leung, su actor fetiche) son películas memorables que sitúan al chino en la primera fila de los cineastas contemporáneos. O en la primera línea de los artistas a secas.
GEOGRAFÍAS PERSONALES
De un tiempo a esta parte, las miradas se han volcado a lo que acontece en el cine asiático. La euforia no es gratuita. Directores con visiones muy personales y arriesgadas empezaron a bombardear a occidente con películas que hablan desde una intimidad difícil y universal. Está, por ejemplo, el minimalismo exento de sentimentalismo del taiwanés Tsai Ming Lian, clínico a la hora de revelar la cotidianidad de vidas solas, películas que funcionan casi sin diálogos, sin música y que son postales hiperrealistas del absurdo. Está la violencia, el lirismo y el humor negro que alcanza niveles hipnóticos, del japonés Takeshi Kitano, protagonista de todas sus películas, 'clown' que comenzó como humorista en la televisión japonesa y que terminó siendo el autor de más de una obra maestra. Está, indiscutiblemente, el boom del cine coreano, con Park Chan-wook y Kim Ki Duk como las dos voces más sonadas. El primero, con Old boy, fábula hiperbólica de la venganza y posible adaptación contemporánea de El conde de Montecristo. El segundo, arrasando en los premios de distintos festivales con filmes inclasificables y algo surrealistas, perfectos censores de los temblores privados de la vida moderna. Sin embargo, Wong Kar Wai se constituye en el gran fenómeno, en ese punto omega que marca la diferencia. Sus películas, deudoras del cine europeo, especialmente de Antonioni, Godard y del Fellini de La dolce vita, son secuencias con una textura exquisita (su director de fotografía, el australiano Christopher Doyle, tiene mucho que ver), rodadas sin guiones, con un empleo inigualable de la música popular (Nat King Cole, Piazzolla, The Tourtles, Caetano Veloso, Frank Zappa) y que siempre se inmiscuyen en las vidas de hombres solos a los que han dejado o que nunca pudieron quedarse mucho tiempo con una persona que al final, más pronto o más tarde, desaparece. Ya sea coqueteando con el cine noir, en Fallen Angels (1996); con las artes marciales, en Ashes of time (1994); con el road movie, en Happy Together (1997); o con la ciencia ficción, en 2046 (2004), el tema siempre es el mismo: la poética del abandono, la reconstrucción utópica del pasado, la obsesión por el tiempo perdido. Eso, Wong Kar Wai como un Marcel Proust del celuloide.
MIRAR LO QUE NO ESTÁ
"En nuestra vida normal estamos atrapados por el tiempo, que gobierna nuestra existencia. La vida real no da posibilidad de rebobinar. No sabes si vas a estar en el momento adecuado con la persona equivocada, o al revés, y todos sentimos curiosidad por saber qué hubiese pasado si en lugar de ir a un sitio, hubiéramos ido a otro. Como director, sin embargo, puedo manejar el tiempo a mi antojo, puedo hacer que diez años pasen en un segundo o que un instante resulte eterno", dijo en una entrevista después del estreno de 2046.Fiel a estos juegos con el tiempo, en 18 años de carrera, dirigió ocho películas y dos cortos, uno de los cuales pertenece a la trilogía erótica en la que participó su admirado Michelangelo Antonioni, además de Steven Soderbergh.
En sus tres últimas películas, Tony Leung es el protagonista y arquetipo de esa sensibilidad que ya es una marca registrada del director.
Las tres películas- las demás también- pero estas tres películas que tienen a Leung como protagonista principal, son distintas miradas-melancólicas todas- al vivir solo, a esos mecanismos de aprendizaje.En la primera, Happy Toegether, se relata la saga de una pareja de homosexuales chinos que llega a Buenos Aires con la intención de comenzar nuevamente, sin sospechar- o previéndolo pero no haciéndole caso- que el deterioro es irreversible. En la segunda, In the mood for love, Leung y Maggie Cheung (actriz recurrente en los trabajos de Wong) se reúnen para intentar descubrir cómo sucedió la infidelidad de sus respectivas parejas, por qué se enamoraron y los dejaron solos. Para ello, él finge ser el marido ausente y ella la esposa ausente. Se aventuran a ese juego sadomasoquista en el que las cosas- como eran de prever- no acaban bien. Y, por último, 2046, continuación de In the mood for love, Leung da un giro de 180 grados y aparece como un escritor desencantado que desfila por relaciones que no marcan la diferencia, mientras tanto, como intervalo de esos viajes, escribe una novela de ciencia ficción donde los personajes viajan en un tren para vivir nuevamente, como si se tratase de prisiones perpetuas, en los recuerdos más queridos.
Wong ha sabido crear su propia mitología con películas de una sensibilidad sin parangón. Algunos de sus filmes ya se pueden encontrar en varios videoclubes de la ciudad, como Net Movie (al lado del Bella Vista) y Sky Movie (Cine Center), lo que no deja de ser motivo de celebración. Celebrar películas que funcionan como prolongaciones poéticas de la memoria, la suya, la memoria de todos. Fotos de lo que se pierde. Imágenes de lo que estuvo un tiempo. Una pareja yéndose en un taxi. Un hombre fumando en un callejón. Ese mismo hombre susurrando en el hueco de la montaña un secreto y tapando con barro el hueco para que nadie más se entere. Ese hombre diciendo el secreto a una grabadora en un bar de Buenos Aires. Da igual, en todas sus películas hay el mismo fetichismo por lo perdido.

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