
Como un trueno rodante
Anagrama publicó el libro de Sam Shepard que cuenta la extensa gira de Bob Dylan por 22 ciudades del noreste de Estados Unidos en 1975. La crónica de un viaje histórico acompañado por las fotos de Ken Regan
A partir de los beat, posiblemente antes, pero con los beat se convirtió en mito, los estadounidenses vieron en la ruta una versión profana de iniciación. Conocer el país haciendo autostop, durmiendo en moteles de paso, comiendo en pequeños restaurantes, se convirtió en metáfora de otro tipo de viaje, una forma de autodescubrimiento que sintetizaba dos puntos referenciales de esa cultura: el individualismo y la experiencia como condición indispensable para el conocimiento de sí.
Esta nota gira en torno a un viaje mítico del siglo XX. Un viaje que fue al mismo tiempo un circo ambulante, una caravana de apoyo al boxeador Rubin 'Huracán' Carter (acusado falsamente de asesinato) y un intento por escapar a los fantasmas de un matrimonio que se venía a pique. Bob Dylan, en el otoño de 1975, inició lo que se conoció como Rollling Thunder Reveu, una gira por 22 ciudades del noreste de Estados Unidos donde tocó en locales pequeños y para un público que no era del todo consciente de lo que estaba sucediendo. Ese otoño tomó la ruta junto a un séquito compuesto por músicos como Joni Mitchel, T-Bone Burnett (que acaba de sacar un nuevo disco), Joan Baez, Arlo Guthrie (hijo del mítico Woody, influencia capital en el primer Dylan), Jack Elliot y poetas y escritores como Allen Ginsberg y William Burrroughs. Una travesía que cuando acabó, el propio Dylan declaró: "Dejé la carretera y veía doble, pero seguro fue un viaje fenomenal".
Este año Anagrama publicó la traducción de esta crónica: Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, escrito por Sam Shepard y acompañado por las fotografías inéditas de Ken Regan, un clásico que vuelve a cobrar vigencia con el importante momento mediático que está teniendo Dylan desde hace algunos años.
CARRETERA PERDIDA
Hay dos excelentes razones para leer este libro. Una, la más obvia, es Dylan. La otra es Shepard, así de sencillo. Sam Shepard es uno de esos escritores que juegan en muchos registros. Es conocido como actor, guionista, baterista de una banda de acid rock, es el ex esposo de Jesica Lange, uno de los más importantes dramaturgos de su generación galardonado con el Pulitzer, amigo de Patty Smith y de los Rolling Stone y -este es el mejor Shepard de todos- el autor de ese entrañable e indispensable libro que es Crónicas de motel, un compuesto de fragmentos autobiográficos, crónicas y minicuentos que transcurren en la carretera y que cautivó al director alemán Wim Wenders, a tal punto que inspiró Paris, Texas, filme que revolucionó el road movie (el guión está escrito por Shepard), una de esas películas para siempre, que crece a medida que uno crece.
Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, está escrito siguiendo las mismas pautas estéticas de Crónicas de motel, pero a diferencia de éste, es la consecuencia de un fracaso. En la misma línea del documental de Terry Gilliam sobre su incapacidad para filmar El Quijote, y de la última película del británico Michael Winterbottom, Tristan Shandy, una suerte de metaficción entorno a la imposibilidad de adaptar el clásico de Laurence Sterne, el libro de Shepard es la crónica de un viaje en el que fue contratado para escribir el guión de la película sobre la gira, película que nunca llegó a realizarse.
El libro es una suerte de diario íntimo que a través de la primera persona -en la que se entremezclan detalles del pasado del propio escritor y observaciones sueltas- se narra la travesía de estos músicos y poetas que recrearon a mediado de los años 70, lo que en los 60 parecía un paraíso. Sólo que a destiempo. Sólo que todos sabían que los paraísos no se repiten. Hay mucho de parodia y de regresos imposibles, de nostalgia, de cansancio. "Mi cuerpo tiembla. Esto es auténticamente ser transportado de vuelta a mediado de los 60 cuando la metedrina en cristales constituía una dieta completa (…) La sensación de estar hecho polvo, no quiero volver a los 60, los 60 nunca existieron. Mi única esperanza ahora es la tele a color. El servicio de habitaciones. La inviolabilidad de la suite color pastel con dos camas gemelas y nadie dentro. Puerta con cadena. California se fue hace mucho tiempo. California está dentro del monte. Los Ángeles arde allá lejos en los periódicos. El Pacífico. Azul. Océano. Allá lejos".
SANGRE EN LAS CANCIONES
El libro de Shepard retrata seis semanas en la ruta. Son bosquejos de conversaciones, perfiles de los integrantes, retratos de la atmósfera que se respiró en distintos escenarios, pequeños paisajes del exceso y las tensiones internas. Por momentos, en algunos puntos, crónicas alucinadas. Se narra, por ejemplo, la visita que Ginsberg y Dylan hicieron a la tumba de Jack Kerouac en Lowel, donde después de recitar el soneto de Shakespeare que más le gustaba a la leyenda beat, ensayaron canciones y poemas. "Muy pronto, toma forma un blues lento en el que ambos intercambian versos y luego Allen se introduce en un poema improvisado de la tierra, el cielo, el día, a Jack, a la vida, a la música, a los gusanos, a los huesos, a los viajes, a los Estados Unidos. Yo intento mirar a los dos tal como se me aparecen en ese momento, sin ninguna idea especial de quién o qué son, sino intentando simplemente verlos allí delante de mí. Y aparecen como hombres corrientes con un propósito secreto en la cabeza. Cada uno de ellos opuesto pero aún así en armonía. Vivos y cantando a los muertos y a los vivos". Shepard narra recitales excéntricos frente a un público conservador, retratos de tiempos muertos en un pequeño café en medio de la nada, fragmentos de la prensa que habla del caso Carter, fragmentos de los sueños de una mujer que nunca ha visto personalmente al cantautor "tuve un sueño en el que voy andando por una carretera en medio de ninguna parte. No surrealista ni nada. No como un sueño, pero estaba en la carretera y yo voy andando por ninguna razón en especial y veo que Dylan viene hacia mí. Lo veo venir y sé que es él incluso antes de verle la cara". El encuentro con un músico ciego en un bar cuando Dylan ya llevaba muchos coñacs encima, más tiempos muertos en los camerinos, las persecuciones enfermizas de un periodista de la Rolling Stone que los sigue a todas partes, intentos de Shepard por penetrar en su poesía "una cosa que me atrapa en las canciones de Dylan es cómo hace surgir imágenes, escenas enteras que se te representan con plenos colores cuando las escuchas. Es un cineasta del instante. Probablemente las escenas no son iguales para todos los que escuchan la misma canción, pero me gustaría saber si alguien ve el mismo parque pequeño, verde y lluvioso, el mismo banco y la misma luz amarilla y la misma pareja de personas que veo yo en A simple twist of fate. O la misma playa en Sara o el mismo bar en Hurricane…". El libro retrata, entre otras cosas, entre muchas otras cosas, una escena sentimental con Joan Baez en la casa de una gitana que responde al nombre de Mama. Baez le pregunta, mientras las cámaras los apuntan, qué hubiera pasado si los dos se hubieran casado. Dylan contesta que se casó con la mujer que ama, Sara Lowndes. "Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se ha filmado nunca. Dylan anda bailando, empapado en coñac y hace todo lo que puede para esquivar los golpes de Baez al riñón. Y ella se limita a estar allí plantada, lanzándole ironías como bombas de mano".
El libro de Shepard, antes que todas estas cosas, es la imposibilidad de penetrar en un misterio. Es el fracaso por develar al hombre detrás de Dylan. No importa si se encuentran en un bar, en los camerinos, en el automóvil con el que atravesaron la carretera…. Toda cercanía resulta ilusoria. Dylan, el mito, es incapaz de ser apresado, todo contacto es un fracaso.
Sin embargo, esos eran los años del Blood on the tracks, el disco dedicado exclusivamente a la separación con Sara, un disco confesional y directo, sin escondites, sólo dolor, arrepentimiento, confidencia en el sentido más patético y más entrañable. Quizás se trata de eso: nadie conoce a Dylan salvo por los discos, y todos conocen la versión de Dylan que más necesitan y que más les conviene. En ese sentido, el Blood on the tracks, por ahí el mejor de todos, es la desnuda crónica de un adiós. Por ahí toda la gira fue solo la forma desesperada de estar lejos de lo irremediable. Es imposible saberlo, con Dylan nunca se sabe.La Rollling Thunder Reveu culminó con un concierto gigantesco en el Madison Square Garden de Nueva York, cuatro horas de música en la que el invitado especial fue Muhammad Alí, que también apostaba por la causa de Carter, que finalmente fue absuelto de los cargos de asesinato.
Mientras leía el libro, escuchaba exclusivamente el Blood on the tracks y el Times out of mind, los dos discos de Dylan de los que más me cuesta alejarme. Canciones personales, ensimismadas, muy cinematográficas (en eso Shepard tiene razón). Por ratos veía a los músicos tocando en lugares pequeños para un público que no se sabía parte de la historia o parados en algún lugar de la carretera, con guitarras acústicas y harmónicas, colocados todos. Han pasado 31 años. Ver a Dylan ahora es ver a alguien que no ha dejado de viajar, que no ha parado por un solo momento.

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