Thursday, November 30, 2006


Philip Roth se despide de su personaje fetiche Nathan Zuckerman (AFP, Nueva York)

El escritor estadounidense Philip Roth dice adiós a su personaje fetiche y doble literario Nathan Zuckerman, que aparecerá por última vez en una obra que será editada en Estados Unidos en 2007, anunció el jueves su casa editorial. "Exit Ghost", novena y última novela con Zuckerman como personaje central, saldrá en octubre de 2007, 28 años después de la primera novela, "The Ghost Writer", dijo Houghton Mifflin. Si "The Ghost Writer" era protagonizada por un joven novelista, "Exit Ghost" será el retrato de un hombre anciano atormentado por la pérdida de sus medios y el temor de ver desaparecer los que le quedan. En la obra, Nathan Zuckerman vuelve a Nueva York tras 11 años recluido en Massachusetts (noreste). En la megalópolis, se cruza con una nueva generación de escritores pero también con un viejo amigo moribundo, y se encuentra confrontado a revelaciones, relató el editor. Según la casa editorial, la novela final con Zuckerman es un "estudio removedor de la obsesión, del olvido, de la resignación y del deseo imposible de satisfacer". Philip Roth, de 73 años, escribió una veintena de novelas, entre las cuales "Goodbye Columbus", "Pastoral americana" (por la cual recibió el premio Pulitzer en 1997), "El lamento de Portnoy", "La conjura contra América". La última, "Everyman", fue publicada este año en Estados Unidos.

Tuesday, November 28, 2006



Como un trueno rodante
Anagrama publicó el libro de Sam Shepard que cuenta la extensa gira de Bob Dylan por 22 ciudades del noreste de Estados Unidos en 1975. La crónica de un viaje histórico acompañado por las fotos de Ken Regan

A partir de los beat, posiblemente antes, pero con los beat se convirtió en mito, los estadounidenses vieron en la ruta una versión profana de iniciación. Conocer el país haciendo autostop, durmiendo en moteles de paso, comiendo en pequeños restaurantes, se convirtió en metáfora de otro tipo de viaje, una forma de autodescubrimiento que sintetizaba dos puntos referenciales de esa cultura: el individualismo y la experiencia como condición indispensable para el conocimiento de sí.
Esta nota gira en torno a un viaje mítico del siglo XX. Un viaje que fue al mismo tiempo un circo ambulante, una caravana de apoyo al boxeador Rubin 'Huracán' Carter (acusado falsamente de asesinato) y un intento por escapar a los fantasmas de un matrimonio que se venía a pique. Bob Dylan, en el otoño de 1975, inició lo que se conoció como Rollling Thunder Reveu, una gira por 22 ciudades del noreste de Estados Unidos donde tocó en locales pequeños y para un público que no era del todo consciente de lo que estaba sucediendo. Ese otoño tomó la ruta junto a un séquito compuesto por músicos como Joni Mitchel, T-Bone Burnett (que acaba de sacar un nuevo disco), Joan Baez, Arlo Guthrie (hijo del mítico Woody, influencia capital en el primer Dylan), Jack Elliot y poetas y escritores como Allen Ginsberg y William Burrroughs. Una travesía que cuando acabó, el propio Dylan declaró: "Dejé la carretera y veía doble, pero seguro fue un viaje fenomenal".
Este año Anagrama publicó la traducción de esta crónica: Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, escrito por Sam Shepard y acompañado por las fotografías inéditas de Ken Regan, un clásico que vuelve a cobrar vigencia con el importante momento mediático que está teniendo Dylan desde hace algunos años.

CARRETERA PERDIDA
Hay dos excelentes razones para leer este libro. Una, la más obvia, es Dylan. La otra es Shepard, así de sencillo. Sam Shepard es uno de esos escritores que juegan en muchos registros. Es conocido como actor, guionista, baterista de una banda de acid rock, es el ex esposo de Jesica Lange, uno de los más importantes dramaturgos de su generación galardonado con el Pulitzer, amigo de Patty Smith y de los Rolling Stone y -este es el mejor Shepard de todos- el autor de ese entrañable e indispensable libro que es Crónicas de motel, un compuesto de fragmentos autobiográficos, crónicas y minicuentos que transcurren en la carretera y que cautivó al director alemán Wim Wenders, a tal punto que inspiró Paris, Texas, filme que revolucionó el road movie (el guión está escrito por Shepard), una de esas películas para siempre, que crece a medida que uno crece.
Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, está escrito siguiendo las mismas pautas estéticas de Crónicas de motel, pero a diferencia de éste, es la consecuencia de un fracaso. En la misma línea del documental de Terry Gilliam sobre su incapacidad para filmar El Quijote, y de la última película del británico Michael Winterbottom, Tristan Shandy, una suerte de metaficción entorno a la imposibilidad de adaptar el clásico de Laurence Sterne, el libro de Shepard es la crónica de un viaje en el que fue contratado para escribir el guión de la película sobre la gira, película que nunca llegó a realizarse.
El libro es una suerte de diario íntimo que a través de la primera persona -en la que se entremezclan detalles del pasado del propio escritor y observaciones sueltas- se narra la travesía de estos músicos y poetas que recrearon a mediado de los años 70, lo que en los 60 parecía un paraíso. Sólo que a destiempo. Sólo que todos sabían que los paraísos no se repiten. Hay mucho de parodia y de regresos imposibles, de nostalgia, de cansancio. "Mi cuerpo tiembla. Esto es auténticamente ser transportado de vuelta a mediado de los 60 cuando la metedrina en cristales constituía una dieta completa (…) La sensación de estar hecho polvo, no quiero volver a los 60, los 60 nunca existieron. Mi única esperanza ahora es la tele a color. El servicio de habitaciones. La inviolabilidad de la suite color pastel con dos camas gemelas y nadie dentro. Puerta con cadena. California se fue hace mucho tiempo. California está dentro del monte. Los Ángeles arde allá lejos en los periódicos. El Pacífico. Azul. Océano. Allá lejos".

SANGRE EN LAS CANCIONES
El libro de Shepard retrata seis semanas en la ruta. Son bosquejos de conversaciones, perfiles de los integrantes, retratos de la atmósfera que se respiró en distintos escenarios, pequeños paisajes del exceso y las tensiones internas. Por momentos, en algunos puntos, crónicas alucinadas. Se narra, por ejemplo, la visita que Ginsberg y Dylan hicieron a la tumba de Jack Kerouac en Lowel, donde después de recitar el soneto de Shakespeare que más le gustaba a la leyenda beat, ensayaron canciones y poemas. "Muy pronto, toma forma un blues lento en el que ambos intercambian versos y luego Allen se introduce en un poema improvisado de la tierra, el cielo, el día, a Jack, a la vida, a la música, a los gusanos, a los huesos, a los viajes, a los Estados Unidos. Yo intento mirar a los dos tal como se me aparecen en ese momento, sin ninguna idea especial de quién o qué son, sino intentando simplemente verlos allí delante de mí. Y aparecen como hombres corrientes con un propósito secreto en la cabeza. Cada uno de ellos opuesto pero aún así en armonía. Vivos y cantando a los muertos y a los vivos". Shepard narra recitales excéntricos frente a un público conservador, retratos de tiempos muertos en un pequeño café en medio de la nada, fragmentos de la prensa que habla del caso Carter, fragmentos de los sueños de una mujer que nunca ha visto personalmente al cantautor "tuve un sueño en el que voy andando por una carretera en medio de ninguna parte. No surrealista ni nada. No como un sueño, pero estaba en la carretera y yo voy andando por ninguna razón en especial y veo que Dylan viene hacia mí. Lo veo venir y sé que es él incluso antes de verle la cara". El encuentro con un músico ciego en un bar cuando Dylan ya llevaba muchos coñacs encima, más tiempos muertos en los camerinos, las persecuciones enfermizas de un periodista de la Rolling Stone que los sigue a todas partes, intentos de Shepard por penetrar en su poesía "una cosa que me atrapa en las canciones de Dylan es cómo hace surgir imágenes, escenas enteras que se te representan con plenos colores cuando las escuchas. Es un cineasta del instante. Probablemente las escenas no son iguales para todos los que escuchan la misma canción, pero me gustaría saber si alguien ve el mismo parque pequeño, verde y lluvioso, el mismo banco y la misma luz amarilla y la misma pareja de personas que veo yo en A simple twist of fate. O la misma playa en Sara o el mismo bar en Hurricane…". El libro retrata, entre otras cosas, entre muchas otras cosas, una escena sentimental con Joan Baez en la casa de una gitana que responde al nombre de Mama. Baez le pregunta, mientras las cámaras los apuntan, qué hubiera pasado si los dos se hubieran casado. Dylan contesta que se casó con la mujer que ama, Sara Lowndes. "Esto se está convirtiendo o bien en el peor melodrama del mundo o en la mejor confesión cara a cara que se ha filmado nunca. Dylan anda bailando, empapado en coñac y hace todo lo que puede para esquivar los golpes de Baez al riñón. Y ella se limita a estar allí plantada, lanzándole ironías como bombas de mano".
El libro de Shepard, antes que todas estas cosas, es la imposibilidad de penetrar en un misterio. Es el fracaso por develar al hombre detrás de Dylan. No importa si se encuentran en un bar, en los camerinos, en el automóvil con el que atravesaron la carretera…. Toda cercanía resulta ilusoria. Dylan, el mito, es incapaz de ser apresado, todo contacto es un fracaso.
Sin embargo, esos eran los años del Blood on the tracks, el disco dedicado exclusivamente a la separación con Sara, un disco confesional y directo, sin escondites, sólo dolor, arrepentimiento, confidencia en el sentido más patético y más entrañable. Quizás se trata de eso: nadie conoce a Dylan salvo por los discos, y todos conocen la versión de Dylan que más necesitan y que más les conviene. En ese sentido, el Blood on the tracks, por ahí el mejor de todos, es la desnuda crónica de un adiós. Por ahí toda la gira fue solo la forma desesperada de estar lejos de lo irremediable. Es imposible saberlo, con Dylan nunca se sabe.La Rollling Thunder Reveu culminó con un concierto gigantesco en el Madison Square Garden de Nueva York, cuatro horas de música en la que el invitado especial fue Muhammad Alí, que también apostaba por la causa de Carter, que finalmente fue absuelto de los cargos de asesinato.
Mientras leía el libro, escuchaba exclusivamente el Blood on the tracks y el Times out of mind, los dos discos de Dylan de los que más me cuesta alejarme. Canciones personales, ensimismadas, muy cinematográficas (en eso Shepard tiene razón). Por ratos veía a los músicos tocando en lugares pequeños para un público que no se sabía parte de la historia o parados en algún lugar de la carretera, con guitarras acústicas y harmónicas, colocados todos. Han pasado 31 años. Ver a Dylan ahora es ver a alguien que no ha dejado de viajar, que no ha parado por un solo momento.

Monday, November 27, 2006


Estar feliz (Fragmento de Levantad carpinteros la viga maestra, de JD Salinger)

-Mire-dijo en el tono de falsa paciencia del maestro con un niño que no sólo es retardado sino también que se le caen todo el tiempo los mocos de un modo poco atrayente-. No sé si usted conoce a la gente. ¿Pero qué hombre en su recto juicio, la víspera de la boda tiene a su novia toda la noche dándole la lata acerca de como es demasiado feliz para casarse, ella tendría que aplazar la boda hasta que él se sienta más estable o no podría ir? Entonces, cuando la novia le explica como a un chico que todo está arreglado y planeado desde hace meses y que sus padres han hecho gastos increíbles y se ha molestado y todo por hacer una fiesta y cosas por el estilo, y que sus parientes y amigos van a llegar de todo el país, entonces, después que ella le explica todo esto, él le dice que lo siente mucho, pero que no se puede casar hasta que no se sienta menos feliz o algún disparate por el estilo. Piénselo ahora, si no le es molesto. ¿Le parece una persona normal? ¿Le parece que está en su juicio?- la voz ahora era estridente- ¿O le parece una persona que debería estar metida en un manicomio?

¿Desde dónde debe escribirse la crónica de un encuentro? ¿El privilegio de estar ahí, al lado de un monstruo, cuán visible debe hacerse? ¿Y si el cronista se adjudica tanta importancia como la del monstruo que tiene al lado qué sucede? ¿Y qué sucede si a momentos uno siente que el cornista está hablando más de sí mismo que del monstruo? Preguntas que podría suscitar la nota de portada que Radarlibros y Rodrigo Fresán le dedican esta semana a John Banville(http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2337-2006-11-27.html), uno de los narradores ingleses más brillantes de la actualidad.

Friday, November 24, 2006


El pasado
El cine asiático está pasando por un gran momento. Directores arriesgados cautivan a occidente con filmes muy personales. Dentro de ese grupo, Wong Kar Wai, para muchos uno de los mejores directores de la actualidad, ha sabido constituirse en toda una leyenda del celuloide

Hay una mujer que se va y que se visita más tarde cuando es un territorio privado más que una persona. En las películas de Wong Kar Wai, en el universo de este director hongkonés de 47 años, los hombres están solos y son voyeristas de sus pasados. Y en sus pasados, siempre está esa mujer que se ha ido. Y en sus pasados, esa mujer que se ha ido y no volverá nunca más, es la forma concreta de una vida que no se pudo vivir (o que se vivió por muy poco tiempo, en contra del reloj), y que vuelve siempre como imágenes de lo perdido. Dulces, insoportablemente dulces imágenes de lo perdido. Y los pasados de todos esos personajes (o el pasado que Wong le da a Tony Leung, su actor fetiche) son películas memorables que sitúan al chino en la primera fila de los cineastas contemporáneos. O en la primera línea de los artistas a secas.

GEOGRAFÍAS PERSONALES
De un tiempo a esta parte, las miradas se han volcado a lo que acontece en el cine asiático. La euforia no es gratuita. Directores con visiones muy personales y arriesgadas empezaron a bombardear a occidente con películas que hablan desde una intimidad difícil y universal. Está, por ejemplo, el minimalismo exento de sentimentalismo del taiwanés Tsai Ming Lian, clínico a la hora de revelar la cotidianidad de vidas solas, películas que funcionan casi sin diálogos, sin música y que son postales hiperrealistas del absurdo. Está la violencia, el lirismo y el humor negro que alcanza niveles hipnóticos, del japonés Takeshi Kitano, protagonista de todas sus películas, 'clown' que comenzó como humorista en la televisión japonesa y que terminó siendo el autor de más de una obra maestra. Está, indiscutiblemente, el boom del cine coreano, con Park Chan-wook y Kim Ki Duk como las dos voces más sonadas. El primero, con Old boy, fábula hiperbólica de la venganza y posible adaptación contemporánea de El conde de Montecristo. El segundo, arrasando en los premios de distintos festivales con filmes inclasificables y algo surrealistas, perfectos censores de los temblores privados de la vida moderna. Sin embargo, Wong Kar Wai se constituye en el gran fenómeno, en ese punto omega que marca la diferencia. Sus películas, deudoras del cine europeo, especialmente de Antonioni, Godard y del Fellini de La dolce vita, son secuencias con una textura exquisita (su director de fotografía, el australiano Christopher Doyle, tiene mucho que ver), rodadas sin guiones, con un empleo inigualable de la música popular (Nat King Cole, Piazzolla, The Tourtles, Caetano Veloso, Frank Zappa) y que siempre se inmiscuyen en las vidas de hombres solos a los que han dejado o que nunca pudieron quedarse mucho tiempo con una persona que al final, más pronto o más tarde, desaparece. Ya sea coqueteando con el cine noir, en Fallen Angels (1996); con las artes marciales, en Ashes of time (1994); con el road movie, en Happy Together (1997); o con la ciencia ficción, en 2046 (2004), el tema siempre es el mismo: la poética del abandono, la reconstrucción utópica del pasado, la obsesión por el tiempo perdido. Eso, Wong Kar Wai como un Marcel Proust del celuloide.

MIRAR LO QUE NO ESTÁ
"En nuestra vida normal estamos atrapados por el tiempo, que gobierna nuestra existencia. La vida real no da posibilidad de rebobinar. No sabes si vas a estar en el momento adecuado con la persona equivocada, o al revés, y todos sentimos curiosidad por saber qué hubiese pasado si en lugar de ir a un sitio, hubiéramos ido a otro. Como director, sin embargo, puedo manejar el tiempo a mi antojo, puedo hacer que diez años pasen en un segundo o que un instante resulte eterno", dijo en una entrevista después del estreno de 2046.Fiel a estos juegos con el tiempo, en 18 años de carrera, dirigió ocho películas y dos cortos, uno de los cuales pertenece a la trilogía erótica en la que participó su admirado Michelangelo Antonioni, además de Steven Soderbergh.
En sus tres últimas películas, Tony Leung es el protagonista y arquetipo de esa sensibilidad que ya es una marca registrada del director.
Las tres películas- las demás también- pero estas tres películas que tienen a Leung como protagonista principal, son distintas miradas-melancólicas todas- al vivir solo, a esos mecanismos de aprendizaje.En la primera, Happy Toegether, se relata la saga de una pareja de homosexuales chinos que llega a Buenos Aires con la intención de comenzar nuevamente, sin sospechar- o previéndolo pero no haciéndole caso- que el deterioro es irreversible. En la segunda, In the mood for love, Leung y Maggie Cheung (actriz recurrente en los trabajos de Wong) se reúnen para intentar descubrir cómo sucedió la infidelidad de sus respectivas parejas, por qué se enamoraron y los dejaron solos. Para ello, él finge ser el marido ausente y ella la esposa ausente. Se aventuran a ese juego sadomasoquista en el que las cosas- como eran de prever- no acaban bien. Y, por último, 2046, continuación de In the mood for love, Leung da un giro de 180 grados y aparece como un escritor desencantado que desfila por relaciones que no marcan la diferencia, mientras tanto, como intervalo de esos viajes, escribe una novela de ciencia ficción donde los personajes viajan en un tren para vivir nuevamente, como si se tratase de prisiones perpetuas, en los recuerdos más queridos.
Wong ha sabido crear su propia mitología con películas de una sensibilidad sin parangón. Algunos de sus filmes ya se pueden encontrar en varios videoclubes de la ciudad, como Net Movie (al lado del Bella Vista) y Sky Movie (Cine Center), lo que no deja de ser motivo de celebración. Celebrar películas que funcionan como prolongaciones poéticas de la memoria, la suya, la memoria de todos. Fotos de lo que se pierde. Imágenes de lo que estuvo un tiempo. Una pareja yéndose en un taxi. Un hombre fumando en un callejón. Ese mismo hombre susurrando en el hueco de la montaña un secreto y tapando con barro el hueco para que nadie más se entere. Ese hombre diciendo el secreto a una grabadora en un bar de Buenos Aires. Da igual, en todas sus películas hay el mismo fetichismo por lo perdido.

Alan Pauls (fragmento de una entrevista).

–A pesar de que La vida descalzo está escrito en primera persona, hay una distancia que genera la sensación de una tercera persona. ¿Su intención fue reflexionar sobre la playa como si fuera otro el que lo estuviera haciendo?
–Siempre me molestó mucho del registro autobiográfico el costado expresivo, la idea de verter algo, de sacar algo hacia fuera. Esa distancia para mí es un juego, una puesta en escena de un yo, donde el carácter de puesta en escena está tan acentuado casi o más que la idea de que hay un yo en escena, y eso siempre me permitió enfrentarme con un material autobiográfico. Ese juego de distancia con lo personal es clave. En general, los libros testimoniales o la gente que dice yo por escrito no me interesa; no soy sensible a eso, no me conmueve, no me inspira. Ahora, tan pronto como veo que hay en esa puesta en escena de un yo, una cierta teatralidad, una ficción, ahí me empieza a interesar. Esa distancia en el libro deriva de una frase que siempre recuerdo, y que es prácticamente mi divisa de los últimos años. Es la frase con la que se inaugura el Roland Barthes por Roland Barthes: “Todo esto debe ser leído como dicho por un personaje de novela”. Ese es el procedimiento que me permite encarar un material autobiográfico y no quedar capturado en esa especie de ilusión imaginaria de estar expresándome o estar contando una verdad mía. Cuando uno adhiere a la confesión, adhiere a la idea de que hay un núcleo de verdad que puede salir de la oscuridad a la luz. Pero no creo en eso. En vez de confesiones, expresiones, pienso en puestas en escena.